Riera durmió más feliz que nunca esa noche. La Rucia si lo amaba.
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21.9.13
20's
La Rucia miró a Riera con un odio que no se pudo sacar de la mente en años. Con una certeza que lo hizo temblar, ella dijo: "Si alguna vez te enamoras de otra, espero que no sea de la Castaña, porque esa es una perra".
7.5.11
20's
Ya en sus últimos años, cuando el severo Alzhaimer que sufría le dejaba hilar algunas ideas, Riera se preguntaba si el hecho de que la Rucia siguiera apareciendo en sus sueños era una prueba de que aún le quedaba algo de tiempo para vivir con su esposa muerta o que simplemente ella se había vuelto hábil en esquivar esa goma que pasaba todos los días por su memoria. Debido a ello, cada vez que lograba engañar a las enfermeras, se comía un lápiz con el fin de que la Rucia le ayudara a reescribir lo olvidado. Con el tiempo las enfermeras se dieron cuenta de la falta de lápices, ya que en sus delirios el poeta describía su plan, explicando en detalle la razón de comer amargas lapiceras. En respuesta, las enfermeras fueron turnándose para hacer lápices de chocolate o mazapán con los cuales fingían escribir, para luego dejar "casualmente" en el velador de Riera.
8.9.07
20's
"Nunca olvidaría a Esther. Nunca dejaría de amar a Esther. Sólo después de dos años me di cuenta que la redención que esperaba no llegaría y ella no sería borrada de mi cabeza por otra que me robara el alma. El túnel era sin final. Todo lo vivido se me integraría y no podría cambiarlo, sino que debería aprender a vivir conmigo. A llorar de la rabia, a odiarme, a odiarla, a odiar el tiempo y la inexperiencia. Entender que un pasado de mierda no se borra, sino que se hace parte de uno. Uno es pasado viviendo en el presente. Porque lo antiguo se le ha metido entre las ropas y cambia el tono en que saludo y los gestos con los que me despido...y ella está inserta más allá de mis ropajes"
Josefino Riera, 1924
"Como si el mundo se moviera por la razón"
pg 23, párrafo 2
Josefino Riera, 1924
"Como si el mundo se moviera por la razón"
pg 23, párrafo 2
30.8.07
20's

...Riera, remedo de hombre. Nunca supiste cuidar de la rubia Esther como se lo merecía una ramera como esa. En vez de hacer lo que todos hicieron con ella la miraste con ojos eternos. Le regalaste tus mejores poemas (aún siendo los mejores tuyos, seguían siendo malos) y la cobijaste en vez de golpearla. Llorabas un par de horas porque ella siempre se escurría de tu cama antes del amanecer, pero seguías recibiéndola bajo tu techo cada noche con un café en el velador, aún cuando el olor de otro en su piel fuera más fuerte que el tuyo...
16.8.07
20's
A todos los presentes no les cupo la menor duda. Josefino no era poeta. Era otro cuico más con suficiente dinero para pagar la hora en el auditorio más caro de Santiago. Para los Riera ese fue su intento final con Josefino. No intentarían que fuera un hombre de bien nunca más. Lo dejarían a su suerte y, si la fortuna les sonreía, lo atropellaría un tranvía por recorrer ebrio la Alameda. No lo odiaban, sino todo lo contrario. Era el hijo predilecto de su médico padre y su largamente apedillada madre. Lo adoraban, pero no había talento alguno en él y todos los Riera, a excepción del propio Josefino, lo sabían.
20's
Esther soltó una lágrima, Josefino dos, Esther tres. Josefino cuatro, Esther cinco...así siguieron sumando lágrimas hasta que se aburrieron de jugar.
30.7.07
20's

Sin duda alguna, su poesía residía en los gestos cotidianos. Esther detenía todo lo que estuviese haciendo para verlo intentar arreglar un reloj o lavar un repollo. Le encantaba la torpeza del hombre, la que al ojo dispuesto a ver resultaba hermosa. Esther siempre estuvo dispuesta a mirar a su poeta, buscando esos toques de belleza pura que Josefino arrojaba al sacudirse la cabeza para botar de su oreja el agua de la ducha. Mientras rompía los huevos del desayuno o bañaba a su maltrecho gato, la rucia solía sonreir, pensando en la próxima brillante estrategia que Josefino usaría para lavar relojes o arreglar repollos.
29.7.07
20's

Con zapatos barrosos y metido en miedos reales con algo de cirrosis y un largo expediente de deudas. Había sido el primogénito de una familia opulenta, hasta que el cigarro lo fumó y el alcohol lo bebió. Había sido orgulloso y orgullo de otros. Hoy era el antiejemplo de su clase, transformándose en icono de los bares de los 20's santiaguinos. Era poeta en un época donde no tenía gracia serlo, porque todos a su manera hacían poesía en un país irreal, ese que las generaciones posteriores añoramos y tratamos de vivir en picadas de malas muerte con viejos escabechados en pipeño, creyendo que estamos a tono con el lugar llevando Nikes rotas.
No, no entendemos el Santiago de Josefino Riera, aquel poeta flaco, medio muerto de hambre y medio millonario por una herencia que jamás le dijeron que tenía, porque temían que se la gastara en parrandas con amigos que no eran amigos, pero servían para festejar. El hombre no se preocuparía de nada serio ni nadie se lo exigiria, porque era su naturaleza ser idiota o genio, según la marea fuera alta o baja. La rubia Esther no tuvo el tiempo suficiente a su lado para domesticarlo y hacerlo uno más en un mundo que se llenaba a goterones constantes de muchos "uno más". Jamás despertó a su lado luego de una noche de sexo magnificente y no porque no lo quisiese, sino porque no correspondía. Era impensable despertar con Josefino y confundirlo con un gesto así, ya que, aunque el no lo aceptara, no era para tener una familia o un trabajo. Había nacido con el don de la poesía y no escribió en su vida un solo verso que valiera la pena recordar...
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